Hilva Echeto de Castillo
Una Vida Dedicada a la EducaciónNuestra Fundadora
Nace un 8 de mayo de 1922 en la población de Santa Bárbara de Zulia. Hija de Don Manuel Jacinto Echeto Borjas (descendiente de vascos) y Maria Concepcion Taborda de Echeto. De su padre aprende el arte de ser docente, visionaria su amor por la ley y la justicia. De su madre, la laboriosidad, la lealtad y la valentía.
Obtiene el Certificado de Suficiencia de Educación Primaria Elemental en 1942 y posteriormente el Certificado de Suficiencia de Educación Primaria Superior que en aquellos años otorgaba la escuela preparatoria urbana de los Estados Unidos de Venezuela. Las maestras Rebeca Espina y Carmelita Roldán Portillo permanecerán por siempre en su memoria como inspiradoras del deseo de ser maestra que la acompañó por el resto de su vida.
Contrae matrimonio a la edad de 22 años (en una época donde las mujeres solían casarse a muy temprana edad) con Jesús Ángel Castillo Atencio (Chucho). Procrea ocho hijos: Jesús, Ramón, Ana, Arabella, Alba, Rosalyn, Dissney y Dylan a quienes logra convertir en profesionales universitarios y adopta una hija, Maria, quien seria su «mano derecha» en la tarea de criar su descendencia.
Era muy organizada, al punto que sus enseres o bienes los clasificaba (por fecha o evento) y etiquetaba de forma tal que pudieran ser localizados muy fácilmente en donde habían sido guardados. Se sintió atraída por lo religioso y practicó la fe católica. Tenia rituales de oración establecidos al amanecer y al anochecer. En muchas ocasiones, también oraba al mediodía. En sus oraciones pedía por los necesitados y agradecía a Dios y a quienes le habían socorrido en algún momento de su vida: Un vecino solidario, un taxista que le había prestado servicios y cobró posteriormente, el bodeguero que le fiaba los víveres, un gerente de banco que le otorgó un crédito anhelado, una persona que dio albergue a uno de sus hijos, etc., etc.

Cada fin de año, el 31 de diciembre, a las 11:00 p.m. acostumbró a reunir a todos sus hijos, nietos, bisnietos, yernos en ronda para hacer el rosario en familia y así dar gracias por el año que concluía. Enseño a rezar el rosario a sus nietas y en los rezos familiares lo hacia circular para que cada una encabezara un misterio (diez Padrenuestros y un Avemaría). Mostró siempre mansedumbre en aceptar la voluntad de Dios ante las adversidades que tuvo que enfrentar en su vida. Se convirtió en fiel devota de la Madre Emilia de San José hasta el punto de convertirla en su compañera de cabecera en la cama, junto a una imagen de Jesús con la corona de espinas traída de Jerusalén y otra de la Inmaculada Concepción. Durante toda su vida mantuvo un pequeño altar donde permaneció encendido un sirio.
En agosto de 1965 funda la Escuela Particular Madre Emilia con un grupo de niños del vecindario del pequeño San Carlos, que apenas comenzaba a poblarse. Para ese entonces la educación en nuestro municipio era precaria, deficiente, muy poca gente se dedicaba a tal labor. Comienza a ser conocida en las poblaciones gemelas (San Carlos y Santa Bárbara) por su capacidad para instruir a los niños y luego de 20 años de trabajo acude al Ministerio de Educación para formalizar la personalidad jurídica del Colegio.
Muere en un accidente de tránsito en la ciudad de Maracay, junto con su hija Rosalyn, un 20 de marzo de 2005. Sus restos descansan en esa ciudad.
Dedicatoria
Gracias, mil veces gracias por quien fuiste, por tu generosidad, por tu entrega, por tu alto sentido del valor de la familia, por tu mística manera de vivir, por darnos una gran familia. Aunque te hayas ido, te encontraremos en una mañana lluviosa, en el silencio de las aulas del colegio, en el ocaso de una tarde naranja, en las caricias de una brisa cálida, en la postal de una madre que amamanta a su crío, en las multiplicaciones de una clase de matemática, en la viejita del cuento de preescolar, en la consejera que lleva el brazo pasado por el hombro de un pequeño travieso, en la medicina de la cruz roja, en la palma del jardín de mi casa, en las estampas de los santos de tu capilla, en el calor de la sábana que arropa nuestros sueños, en los pasodobles que tanto bailabas, en una mandoca crocante, y en el lugar más íntimo de nuestra humanidad: en el gran corazón que nos formaste.
Dylan Castillo Echeto
Abril 2005
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